
La orfandad de padres vivos como de padres fallecidos es siempre fuente de dolor, y genera incontables “trancas”, rollos” y funcionamientos desproporcionados en nuestra vida de relaciones. Sospecho debe ser una de la causas más típicas en las consultas de psicólogos o psiquiatras, como también debe ser uno de los temas más reiterativos en estudios y literatura psicológica.
Pero me impresiona que poco se conversa o se expresa el impacto de la ausencia de hermanos, y no me refiero con ello solo a los hermanos de carne sino también al "ser hermano" en nuestra condición de "ser humano". Me parece que nuestra cultura actual fundada en el individualismo del “rascársela con sus propias uñas” nos juega una mala pasada en este aspecto, porque tengo la impresión que es sólo esa conciencia de familia, de hermandad, de fraternidad, la que nos puede llevar a enfrentar la complejidad de la vida humana.
Siempre el hombre se ha reunido en tribus, comunidades, o agrupaciones que junto con darle el cobijo y protección suficiente le permita desarrollarse con un implícito sentido de complementariedad y cooperación.
Pero lo que me impresiona de nuestra actual “comunidad nacional” es que solo estamos recurriendo a ese valor fundamental, de la fraternidad, de la comunidad, cuando nos vemos enfrentado a una catástrofe o a un evento, y donde queda de manifiesto que mi sobrevivencia pasa por estirarle la mano al que esta a mi lado, y que posiblemente, hasta ese momento no había visto ni menos considerado. Esta respuesta reactiva, de sobrevivencia y netamente utilitaria tiene el valor de permitirnos sobrepasar el evento, más luego de ello nuestra tendencia será cerrar nuevamente la puerta de nuestra casa para volver a esa actitud donde me basto a mi mismo y donde el otro, mientras no me incomode… todo bien.
Estoy cierto es necesario volver a la esencia de este sentido de familia, de comunidad, que se encuentra en el origen de las distintas civilizaciones e inclusos en la base de toda agrupación religiosa, política, social e incluso laboral, para que proactivamente seamos capaces de asumir los grandes desafíos que estamos enfrentando como país en “vías de desarrollo”.
La imagen más reveladora para mí de este sentido de familia, donde cada uno junto con velar por su propio desarrollo, no olvida su pertenencia a un grupo mayor desde el cual “pende” su propia integridad, es la imagen de las cordadas del montañista. Quienes suben, precisan juntos la cima que subirán y luego saben que ese desafío común solo será conseguidos si se amarran unos con otros.